
Siempre he sentido que escribir era una forma de respirar más hondo.
Empecé de pequeña escribiendo para sentirme libre y, con el tiempo, entendí que esa libertad tenía que ver con poner palabras a lo que me atravesaba. Hoy escribo para compartir lo que vivo y para que quien me lea se sienta acompañado.
En lo cotidiano encuentro más profundidad de la que parece. Una conversación sencilla, una ausencia, una mesa compartida… todo deja huella cuando se mira con atención.
Hace tiempo leí una frase de Gabriel García Márquez que se me quedó para siempre: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Quizá escribo por eso. Porque recordar también es una forma de comprender, y contar, una manera de compartir lo que somos.
Viajo para ampliar mi mirada, para tener más vivencias y completar mi mundo. Viajar me recuerda que somos muchos, cada uno con sus circunstancias y sus modos de vivir, y que siempre hay algo que aprender en lo distinto.
Con el tiempo entendí que mirar también era una forma de escribir. La fotografía me enseñó a detenerme, a buscar la luz, a quedarme con lo esencial y a soltar lo que no importa. Tal vez por eso escribo como miro: intentando quedarme con lo que de verdad pesa.
Escribo para quien me lee hoy, con la esperanza de que, en algún momento, estas palabras también le devuelvan algo propio.
— Ana Orán García