Papá, no corras

Mi abuelo nació en 1913. Según mi madre, empezó a hablar en su casa cuando nací. Yo era la mayor de sus nietos. Hasta entonces, la comunicación había sido escasa: algunas palabras sueltas, muchas señas y un silencio que, en aquella época, no resultaba extraño.

Era otro tiempo. Los padres no conversaban como hoy entendemos la conversación. Sostenían la casa, trabajaban sin descanso, marcaban límites y asumían la responsabilidad de sacar adelante a la familia. La autoridad no se explicaba y el afecto casi nunca se verbalizaba. No era falta de amor; era la manera en que aquella generación entendía su papel.

Quizá por eso quienes crecimos después reconocemos ciertas imágenes sin necesidad de explicarlas demasiado. Qué coche del siglo pasado no llevó alguna vez aquel portafotos en el salpicadero con las fotos pequeñas, tamaño carnet, de los hijos. Y la frase que muchos recordamos: “Papá, no corras”. Los de mi generación sabemos exactamente de qué imagen hablo.

También en el colegio aprendimos pronto a celebrarles. Las manualidades de cartulina, los regalos escondidos en la mochila durante días antes de entregarlos, la ilusión de dar algo hecho con nuestras manos. El Día del Padre formaba parte natural del calendario, como una fecha más para agradecer.

Con el tiempo, también la manera de ejercer la paternidad fue cambiando. Con los años, el papel del padre fue transformándose. No de forma brusca, sino poco a poco. Empezaron a ocupar espacios que antes parecían secundarios: los cuidados diarios, las tutorías, las conversaciones largas, las dudas compartidas. La figura que imponía fue dejando paso a la que acompaña.

Hoy, en mi casa, el padre de mis hijas ha estado siempre presente. Ha participado activamente en su educación y en su bienestar. Ha acompañado sus miedos y sus logros con la naturalidad de quien entiende que cuidar también es implicarse.

Hay algo que me sigue llamando la atención. Cuando habla con ellas de lo verdaderamente importante, de aquello que puede marcar un rumbo en su vida, su voz adquiere un peso especial. No necesita imponerse ni alzar el tono. Simplemente habla, y ellas escuchan. Para ellas, su palabra es referencia. Casi sentencia. No por temor, sino por respeto.

Quizá esa sea la evolución más significativa. La autoridad que antes se daba por sentada hoy se construye a base de presencia y coherencia. El respeto ya no nace del miedo, sino del vínculo.

También es cierto que las familias han cambiado. Hoy existen hogares sostenidos por una sola persona, otros por dos madres, por dos padres, por abuelos que terminaron siendo referencia o por quienes asumieron ese papel por compromiso. Y todas esas formas merecen el mismo respeto, porque lo que deja huella no es el modelo, sino la presencia.

Tradición y cambio pueden convivir. Desde aquel hombre nacido en 1913 que apenas hablaba hasta los padres que hoy dialogan con naturalidad, algo ha evolucionado. Las familias han cambiado, las realidades se han ampliado y las palabras se han vuelto más cuidadosas. Pero quizá, en el fondo, lo importante siga siendo lo mismo: la presencia de quienes cuidan, orientan y acompañan. Tal vez de eso trate, en realidad, este día: de reconocer, cada cual desde su historia y desde su familia, a quienes han sabido estar. Porque, en el fondo, lo importante nunca ha entendido de fechas.

Ana Orán García

Publicado hoy en Diario de Avisos

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